viernes, septiembre 08, 2006

¿No a la tala?

Hace una semana, proclamaba yo a pie de artículo en este blog eso que la Baronesa Thyssen ha puesto tan de moda este verano: NO A LA TALA!. Grito de guerra que me ha acompañado todo el verano, y con el que nos hemos partido de la risa en mil ocasiones...Mi mosquetera currucucu, gritaba esa frase sin venir a cuento en momentos alegres o incómodos…y al final, terminamos haciéndola nuestra, llegando incluso a contestar el teléfono con la famosa frasecita.
El cualquier caso, anoche no pude unirme al grito de la Baronesa. Cogí el coche para ir a ver a mi amigos “Ludwig” y al “Amante de las sandalias”, cuando de repente, en mitad de una pequeña calle cercana a mi casa, veo que un árbol se avalancha sobre mí. Gracias a Dios, era un pedazo de árbol (de esos centenarios, como diría la Baronesa), y lo ví a tiempo de frenar. Un puñado de curiosos y demás viandantes, se acercaron a mi coche, me abrieron la puerta, y después de preguntarme si estaba bien (comprobando que el coche no tenía ni un rasguño), comentaban: “De menuda te has librado, hermosa”…Y qué gran verdad. Si no llego a ver esos cientos de ramas moverse extrañamente hacia la calzada, quizá no estaría escribiendo tan alegremente estas palabras. En seguida, el cuerpo de bomberos (grandes cuerpos, todo sea dicho), que se pusieron como locos a talar por todas las partes. De paso, se dieron cuenta que el árbol había levantado parte de la calzada, y con ella tuberías de agua y ¿gas?. Lo último lo dijeron muy bajito. Supongo que para no sembrar el pánico. Pero yo lo oí; quizá por que vallaron la zona de seguridad, y dentro de las cintas donde se encontraba la susodicha zona, estaba yo y mi santo coche. Bueno, yo salí de ahí escopetada en cuanto oí lo del gas. Cada vez más coches quedábamos atrapados en la pequeña calle. Y ya se sabe cómo es Madrid, durante un rato, la gente pitaba como locos…hasta que se daban cuenta que un árbol había bloqueado la calle. Entonces se bajaban y curioseaban un rato. Veían mi coche, en el centro de la zona vallada, y se miraban con caras raras.
Después de una hora de ver cortar ramas y ramas, le dije al bombero jefe: “Sr. Bombero, ¿podré salir de aquí esta noche..?” Me miró con cara ácida, y me gritó: “¡Salga de la zona de seguridad!”. Entonces miré para atrás y con cara de susto, le dije: “Ése es mi coche”. Se debió apiadar de mí, y me dijo que esperara a la policía. Unos cincuenta coches debían dar marcha atrás para que yo pudiera salir de allí. Y así, una hora y diez minutos después, se dignó a aparecer la policía, que tras mi súplica (y mi cara de querer salir de una zona de seguridad que según el bombero jefe podía levantarse por la presión del agua), cortó la entrada a la calle y organizó el tinglao para que yo y los cincuenta mirones conductores, diéramos marcha atrás todo lo larga que es la calle.
Y mientras cortaban y talaban…según me alejaba marcha atrás del inminente peligro que proclamaba el bombero jefe, me acordé de la mosquetera currucucu, de la Baronesa, y los Morancos imitándola…y me acordé del “NO A LA TALA!”, aunque anoche, ni siquiera la Baronesa, se habría atrevido a gritarlo.
Así que ya sabéis, niños y niñas, mirad la arboleda mientras circuláis. Y sed buenos. Besitos!

miércoles, septiembre 06, 2006

Y busco entre mis recuerdos...

Soy de ese tipo de personas que tiende a cogerle demasiado apego a las cosas. Conservo durante siglos miles de cosas inútiles que me traen el recuerdo de algo, aunque sea algo vago, sin importancia. Pero es un recuerdo y no lo tiro. Quizá por eso tenga tantos problemas con el espacio de mi pequeño cuarto. Y cuanto más los guardo, más pena me da tirarlos. Así son mis cajones: un arsenal de recuerdos inútiles que solo repaso una vez al año, cuando no puedo abrir el cajón. Y entonces, viene el drama: ¿qué tiro? ¿Tiro la rosa de papel que un día de risas en la cafetería de la facultad me hizo un amigo, haciéndome prometer que no la tiraría? ¿Tiro aquel mechero que no hay forma de recargar pero que me regaló una amiga en un viaje especial? ¿Tiro aquel folleto tan peculiar de las acampadas del colegio? ¿Tiro el diario medio roto de mi adolescencia tempranísima? ¿Tiro el candado con el que hice todos los viajes a la nieve y del cual perdí la llave? ¿Los viejísimos muñecos de mi niñez? Y así…miles y miles de chorradas varias que no soy capaz de tirar. Por no hablar de las cartas. No soy capaz de tirar ninguna de las cartas o postales que me envían (salvo las del banco, claro está), y las cajas de zapatos repletas de cartas ya no sé ni dónde meterlas. Intento ser racional, intento que me afecten los consejos madrescos y hermanescos de que ese sentimentalismo algún día tendrá que acabar, intento volverme utilitarista y conservar sólo lo más especial. Y aún así, el cajón no cierra. Y lo peor, al cabo de una hora, vuelvo al cubo de la basura arrepentida por algo de lo que tiré. A veces, mi madre se ha dado prisa y ya ha bajado la basura. Otras veces, llego a tiempo de que el desastre aún no haya sucedido, y recupero gloriosa el objeto del arrepentimiento.
Un amigo mío, un día me dijo que vivo en el pasado. Quizá tenga razón en parte de eso…me gusta saborear los buenos ratos del pasado; y a veces, dejar constancia física de un momento, hace que el recuerdo dure más tiempo (al menos, lo revivo con cada limpieza general). Como cada vez que leo esos folletos de las acampadas…soy capaz de recordarlo todo…y la verdad, me encanta. O quizá, lo que me pasa, es que tenga miedo a olvidarlos.
Lo peor, es que con el tiempo, me voy superando. Ahora tengo auténticos libros: de recortes, de entradas, de fichas de obras teatrales a las que voy...esto debe ser la evolución de la adicción a no olvidar, ¿verdad? El perfeccionamiento de algo que mi familia sigue llamando “enfermizo”. Quién sabe, igual tengo que ir a terapia el día que me decida a tirarlos. Pero de momento, creo que los voy a guardar, no vaya a ser que me desestabilice aún más en plena oposición. No. En esta limpieza no los tiro.
Dice mi madre que tendré que vivir en un palacio para guardar todo lo que pueda ir acumulando en mi vida…¡Dios mío!, si tiene razón, ya estamos añadiendo otro requisito más al tema de encontrar marido. Y si la cosa estaba ya chunga, ahora también tiene que tener un palacio!!. Bueno, supongo que entonces ya me plantearé lo de la terapia. Porque…el de Mónaco es gay, ¿no?