Nada fue un error.
Dime sólo un motivo por el que deba volver a mirarte como lo hacía. Dime sólo un motivo por el que deba sonreir al ver tu llamada. Podría buscar aquí, sentada, años y años, sin encontrar ni uno sólo de ellos convincente. Por que ya me cansé. Es increíble lo que tardé en despertar de aquella falsa rutina. Pero siento que nada de lo que digas podrá devolverte esa mirada. Ahora sé que no la mereciste.
No esperes que siga en el mismo sitio donde me dejaste. No voy a seguir ahí. Simplemente, por que sé que tú no lo harías por mí. Por que jamás me comprendiste, jamás te pusiste en mi lugar. No me conoces. No sabes cuáles son mis sueños, jamás te inquietaron lo más mínimo. Buscaste el momento fácil en las situaciones difíciles. Te aprovechaste de la única de mis debilidades: tú. Te regocijabas en mi alma transparente, y la acariciabas con amagos de cariño vacío, siempre vacío. Pero ya me cansé.
Y sin embargo, no eres un pegote en mi recuerdo; ni siquiera fuiste un error. No soy capaz de odiarte. No es odio; simplemente, desperté y tú ya no estabas. En realidad, nunca estuviste.
Y ahora, tus apariciones de fantasma solitario, sediento de aquella mirada mía, de aquellas palabras, no significan nada. Mis esfuerzos se concentran en ignorarlas, porque ya no existe motivo, ni razón, ni siquiera tengo ganas…me cansaste.
Tu última sentencia me devolvió la libertad. Esa que me quitabas con tus juegos, y con mi ansia de no perderte, de comprenderte. Aunque no te oculto que me sorprendió tu despedida. La que no tuviste el valor de pronunciar. La que ya no hace falta que digas. El silencio marcó el fin de lo que fuiste. No busques más a la que conociste, ya no acudiré corriendo tras tu llamada como entonces. Ahora sí soy yo. Lo soy desde el momento en el que dejaste de ser todo… Y no, no lo echo de menos.
No esperes que siga en el mismo sitio donde me dejaste. No voy a seguir ahí. Simplemente, por que sé que tú no lo harías por mí. Por que jamás me comprendiste, jamás te pusiste en mi lugar. No me conoces. No sabes cuáles son mis sueños, jamás te inquietaron lo más mínimo. Buscaste el momento fácil en las situaciones difíciles. Te aprovechaste de la única de mis debilidades: tú. Te regocijabas en mi alma transparente, y la acariciabas con amagos de cariño vacío, siempre vacío. Pero ya me cansé.
Y sin embargo, no eres un pegote en mi recuerdo; ni siquiera fuiste un error. No soy capaz de odiarte. No es odio; simplemente, desperté y tú ya no estabas. En realidad, nunca estuviste.
Y ahora, tus apariciones de fantasma solitario, sediento de aquella mirada mía, de aquellas palabras, no significan nada. Mis esfuerzos se concentran en ignorarlas, porque ya no existe motivo, ni razón, ni siquiera tengo ganas…me cansaste.
Tu última sentencia me devolvió la libertad. Esa que me quitabas con tus juegos, y con mi ansia de no perderte, de comprenderte. Aunque no te oculto que me sorprendió tu despedida. La que no tuviste el valor de pronunciar. La que ya no hace falta que digas. El silencio marcó el fin de lo que fuiste. No busques más a la que conociste, ya no acudiré corriendo tras tu llamada como entonces. Ahora sí soy yo. Lo soy desde el momento en el que dejaste de ser todo… Y no, no lo echo de menos.
